A menudo hemos explicado cómo la articulación de las fuerzas democráticas y nuestras comunicaciones políticas han sido afectadas por el aparato de propaganda oficialista, así como por la censura, la autocensura y otras estrategias, como el secuestro mediático y la extorsión, ejecutadas sistemáticamente por el régimen.

Estas limitantes han reducido de manera significativa el alcance y la difusión de nuestro mensaje a las redes sociales y el 2.0. Y creo que todos en el liderazgo opositor somos conscientes de este hándicap, pero aún así no estamos cuidando ni los objetivos ni el foco de nuestra fuerza política.

Foco, señores. ¡Urge el enfoque político!

Por haber perdido el foco, hemos permitido que se nos extravíen las rutas más eficaces, hasta el punto de desaprovechar nuestros espacios más contundentes para comunicar y accionar a nuestra gente, cayendo en las trampas de la inacción y regalándole terreno a los irresponsables defensores de la antipolítica y la violencia.

Mientras el pueblo ha decidido organizarse y protestar, mientras los empleados públicos han decidido perder el miedo y encarar al régimen, mientras se registran casi mil protestas en un mes, quienes deberían estar articulando acciones que aprovechen el capital político de un momento como éste, están en las redes sociales convencidos del espejismo de que ese territorio virtual es el país real.

Y se equivocan.

Se equivocan gravemente, porque al ser víctimas de ese espejismo, donde les importa más generar polémicas que soluciones, afectan de manera irreparable la lucha común que está teniendo lugar en el país de verdad, en las calles y en las casas de la gente, porque ésa es la única que debe congregarnos a todos.

A mí me tocó, en 2012, participar en la primera campaña presidencial en nuestra Venezuela donde las redes sociales tuvieron un papel relevante. En ese entonces logramos capitalizar de manera avasallante el mundo digital. Al oficialismo le costó mucho crecer en una dimensión en la que ellos no se encargan de censurar las ideas ni de establecer un pensamiento único.

Y durante mucho tiempo supimos hacer de esa plataforma un medio eficaz para dar a conocer nuestra lucha y nuestras maneras de superar los obstáculos que nos imponía el autoritarismo. Una cantidad de medios, nativos digitales, sirvieron para empezar a contar de una manera distinta lo que estábamos haciendo en las calles. Al mismo tiempo el periodismo de investigación y los analistas consiguieron una manera de independizar su trabajo, haciendo que sus hallazgos periodísticos y sus ideas lograran un alcance eficaz.

Hoy, sin embargo, parece que muchos han decidido voltear el asunto y hacerle creer a la gente que está luchando en las calles que la realidad es lo que aparece y hace bulla en las redes sociales, ignorando las realidades sociales y políticas que padece nuestra gente.

Hostigamiento digital, ejércitos de teclado, insultos infantiles, polémicas infértiles, dimes y diretes cuyo único objetivo es alimentar listas de seguidores y jugar a una batalla digital, mientras en la calle nuestra gente no tiene cómo resolver la comida de sus hijos.

Mientras hay una discusión virtual en las redes, la realidad es que, por ejemplo, está creciendo el número de venezolanos que políticamente se identifican como opositores, pero dependen cada vez más del gobierno. Porque, duélale a quien le duela, la gente no come con likes ni la crisis se resuelve con retweets.

Cada vez más familias dependen de la caja chantajista del CLAP. Cada vez más venezolanos se ven forzados a sacarse el carnet de la patria. Cada vez más se instala la política de la dádiva y de la extorsión a partir del hambre de quienes menos tienen.

Y es así como la propaganda oficial se ha ido imponiendo: mientras nosotros usamos las redes para debatir asuntos que pierden trascendencia frente a la agudización de la crisis.

Es nuestra responsabilidad política recuperar la esperanza y la trascendencia de nuestras ideas, o terminaremos sumergidos en una depresión que, aunque sea responsabilidad del régimen, la historia sabrá reclamarnos por nuestra incapacidad para generar un nuevo compromiso.

Y es que el régimen no dejará de usar sus mismas estrategias viles: ya asomaron la estrategia repetida de traer unos perniles para callar la protesta, como si con eso resolvieran todos los problemas de la gente.

El problema es que nosotros, en medio de una fragmentación vergonzosa, hemos sido incapaces de articular una propuesta que genere algo más que un pernil.

Un pernil para comprar a la gente, apretándole las tripas en medio de una crisis que no tiene más responsable que el régimen.

¿Vamos a hacernos los locos con las mil protestas de septiembre que no supimos capitalizar políticamente?

¿Vamos a darle la espalda a una ola migratoria que ronda, al menos según Consultores 21, el 18% de la población del país afuera de Venezuela?

¿Vamos a quedarnos en las pendejadas de discusiones de Twitter y Facebook, en lugar de ir a decirle en la cara a los venezolanos que estamos llevando a cabo una lucha que vale la pena y que tenemos que estar juntos?

¿Y entonces? ¿Cuál es nuestro foco?

Varios analistas sostienen que, puertas adentro, en el régimen todos están peleando: que si los civiles, que si los militares, que si las fracturas políticas… me van a disculpar, pero no tengo otra manera de decir esto: por mí entre ellos pueden sacarse los ojos, porque así es la pelea por el Poder cuando quienes gobiernan son unos desalmados, ¡pero yo no puedo concebir que nosotros no aprovechemos la simple oportunidad estratégica de mostrar una unión coherente, capaz de expresar que estamos listos para sacar este país adelante!

Eso, a estas alturas del cuento, es imperdonable.

El régimen sigue sembrando miedo en los venezolanos y nosotros seguimos desaprovechando la inestabilidad política que hasta el más inexperto de los analistas puede ver claramente en el régimen de Nicolás Maduro, donde casi todos tienen rabo de paja y están siendo buscados o tienen su plata inmovilizada, por corruptos y delincuentes.

Yo sé bien que este artículo de opinión y nuestras comunicaciones se difunden principalmente por redes sociales, así como el programa de radio y muchas de nuestras ideas. ¡Pero eso no nos saca de las calles! Ni tampoco creemos que le llegamos por esa vía digital al país grande.

Aquí somos conscientes de la limitación que imponen las dinámicas de las dictaduras, pero también de que hoy en día la mayoría de los venezolanos no tiene un teléfono inteligente.

Entonces, si esto es así, ¿van a seguir creyendo que el país es algo que sucede sólo en Twitter?

Es urgente optimizar y replicar el trabajo que estamos haciendo, pero desde una consciencia que tenga como uno de sus objetivos permitirle a nuestra gente liberarse de la dependencia que el oficialismo siembra en ellos, junto al miedo y la miseria.

Hagamos eso de inmediato: recuperemos el foco.

Podemos contar todo lo que estamos haciendo de la manera en que cada quien quiera, pero con la consciencia de que el trabajo de calle y el foco político son factores insustituibles.

Hay ocasiones en las cuales un líder político debe tener el coraje de atreverse a decirle a la gente lo que tiene que decir y no lo que la gente quiere escuchar.

Es parte de la responsabilidad de un líder poder hacerse cargo de eso.

Hay mucho farsante que hace cosas pensando en cómo se verán en Instagram o qué debe decirle a sus seguidores de Twitter. Y quien confunde popularidad con eficacia no está haciendo Política, sino show y politiquería.

Así que compañeros, el llamado a todos los que queremos un cambio y salir de esta tragedia en la que hundieron a nuestra amada Venezuela es al foco. Pongamos nuestra energía y nuestra acción en lo que realmente preocupa a la mayoría de los venezolanos. Hay hambre pareja, hay una crisis humanitaria, hay un país cada día más desesperanzado en alcanzar una solución; y frente a eso guste o no tenemos que unirnos y meterle el pecho.

¡Hagamos efectiva la mayoría que somos! Trabajemos en las soluciones para que los venezolanos vuelvan a sentir que síes posible tener un futuro en esta tierra de gracia.

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