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Hace dos semanas, las madres de pacientes del servicio de Neurocirugía del Hospital J. M. de los Ríos comenzaron a sentir mal olor en los pasillos del piso 5 del centro de salud, donde hospitalizan a sus niños. Poco a poco comenzó a brotar de las paredes agua sucia que ellas mismas debían limpiar para que no afectara a sus hijos, la mayoría con hidrocefalia y válvulas de drenaje en sus cabezas.

A pesar de que autoridades y personal les decían que el olor no era fuerte, ellas insistían. En las paredes había una bomba de tiempo. Y estalló. El lunes 3 de abril la tubería que transporta aguas negras se rompió e inundó por completo el pasillo. El problema no solo afectó a los pacientes de Neurocirugía, que fueron reubicados en otra área del piso, sino que también ha mantenido cerrados los únicos dos quirófanos que están operativos en el hospital —de nueve que existen— desde el martes. El Estímulo visitó el principal hospital pediátrico del país este sábado.

“El agua que sale por las tuberías de Neurocirugía proviene del área de faena de los quirófanos, donde se lava todo el instrumental que se usa en las cirugías”, explica Alejandro Ferrer, presidente de la Sociedad Médica del Hospital de Niños. La clausura de los quirófanos afecta a alrededor de 50 pacientes semanales, el promedio de cirugías de emergencia y electivas que se practican en esa institución. No hay fecha exacta para la reapertura de los quirófanos.

“El bote empezó y dos semanas después nos trasladaron. Nos decían que no había para dónde movernos, y eso que abajo en Urología hay cuartos completamente vacíos. Nosotras limpiábamos porque nuestros hijos no pueden estar expuestos a las aguas negras. Nos dijeron que estaríamos en estos cuartos solo por un día y ya vamos a cumplir una semana”, dijo Jariana Pérez, madre de una niña de 10 meses, que ya tiene dos meses hospitalizada.

A pesar de que se adelantaron algunos trabajos y se sustituyó la tubería anterior por una de plástico, la pared sigue abierta y el piso todavía está lleno de sucio y tierra. “Nosotras estábamos en el cuarto que más se inundó. Después de eso a mi bebé le dio meningitis, hubo niños con fiebre, otra con neumonía y otro contrajo una bacteria”, contó Daniela Pérez, madre de un bebé de cuatro meses con hidrocefalia.

Además, denunció que, en la sala de curas, donde les cambian las vías intravenosas a los niños todas las noches, no hay luz y las enfermeras tienen que hacerles el procedimiento en el pasillo. “El problema de los medicamentos es grave. Estuvimos dos días sin vancomicina —un antibiótico— porque no había. Simplemente esos días no recibieron tratamiento. No hay yelco, guantes, gasas, agua oxigenada, gerdex, alcohol. Todo eso tenemos que comprarlo nosotras. Mi hijo tiene una vía central y hoy solo se limpiaron con gel antibacterial para hacerle el mantenimiento”, señaló Pérez.

Contaminados en hemodiálisis

A finales de marzo, familiares de los niños del J. M. de los Ríos que requieren hemodiálisis cerraron la calle frente al edificio, pues de 24 pacientes 15 se contaminaron con bacterias resistentes a varios antibióticos. “Cinco o seis de esos niños tienen la misma bacteria, por lo que creemos que no se trata de un hecho aislado, como nos dijo la Dirección del hospital. La planta de ósmosis debía recibir mantenimiento cada tres meses y tenía un año sin mantenimiento”, relató Jenelle Centeno, madre de un paciente de 10 años de Nefrología.

“Algunos de los afectados fueron tratados en un principio con el antibiótico vancomicina”, relató la mujer. Sin embargo, el medicamento se agotó y cambiaron a imipenem. “Un fin de semana estuvieron más de 48 horas sin antibiótico, cuando un tratamiento no se completa y se cambia la bacteria puede hacerse resistente. Es un riesgo”, dijo preocupada Centeno. Pero más allá del equipo, los niños, en su mayoría inmunosuprimidos, están expuestos. Lo primero que se ve al abrirse el ascensor en el piso 3 del hospital es un área completamente destruida —que está desde hace años en remodelación. Los baños del área, compartidos por todos, también tienen problemas: si se abren los grifos de los lavamanos comienza a salir agua por la ducha; algunas pocetas no tienen tapa; y el personal de limpieza no cuenta con cloro ni desinfectante para lavar.

Carlos Falcón, padre de Carlisbeth, teme que su hija pierda el riñón que le trasplantaron el 12 de agosto de 2016, cuando se reanudaron los trasplantes en el país. “Mi hija está rechazando el órgano porque no hay los medicamentos completos y a tiempo. Fui al Seguro Social y de los antirrechazo que toma solo había Prograf —un inmunosupresor—, no había Myfortic ni prednisona. Necesita una reconstrucción de la uretra, pero mientras los quirófanos estén cerrados no pueden hacérsela”, lamentó.

Tras la protesta de marzo, Earle Siso, director de salud del Distrito Capital, se reunió con el director del hospital y algunos de los padres que manifestaron. De la retahíla de fallas enumeradas casi ninguna fue resuelta. “Siso pidió por teléfono los tubos de hemocultivo que necesitábamos para determinar el tipo de bacteria que tenían los niños. Nunca nos llegaron y en la calle cada tubo nos costó 3.000 bolívares. Siso nos puso como excusa la guerra económica y el bajo precio del petróleo, pero yo no puedo decirle eso a mi hija”, indicó Falcón.

Ante la amenaza de que los padres pudieran hacer una huelga de hambre por el desespero, la Defensoría del Pueblo ofreció reunirse con ellos para encontrar soluciones. “Todavía los estamos esperando”, criticó el hombre.

La frustración de los familiares de pacientes crece aún más cuando recuerdan que las condiciones de los niños podrían ser mejores con poca inversión. El Hospital de Niños no tiene máquina de rayos X porque en la sala no hay aire acondicionado y el servicio de Nefrología no cuenta con laboratorio por la misma razón.

Fuente: El Estímulo

Fecha: 10 de abril de 2017

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