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La escalada de la violencia y la represión madurista, sumada a las lamentables pérdidas humanas durante los 114 días de protesta popular, le han subido decibeles a la conflictividad que enfrentamos en Venezuela. Lo más barato a nivel de costo político para el narco gobierno de Nicolás Maduro y para los intereses y el futuro de los venezolanos sería desmontar el fraude constituyente que la inmensa mayoría rechaza.

Faltando solo siete días de la fecha pautada para el fraude constituyente, no hay sensatez de parte de quienes mantienen el poder ni una posición apegada a la Constitución que se imponga por parte de la mayoría de la Fuerza Armada que cree en ella. Insistimos en que en estas horas una actitud racional aportaría mucho a un país ávido de libertad, justicia y democracia. Proceder considerando los límites y las consecuencias de sus acciones, nos puede evitar un conflicto más penoso y manchado aún por más sangre.

En la historia de las dictaduras latinoamericanas no ha existido una élite militar que se haya enriquecido tanto. La cúpula militar que sostiene al dictaduro ha armado a paramilitares, intervenido y expropiado empresas, se han involucrado con el narcotráfico, se han beneficiado de la corrupción, pero además controlan el mercado paralelo, reprimen, apresan, torturan, juzgan y encarcelan a quienes luchan por liberar al país de la pesadilla que significa el “narcoestado”.

Sabemos que el gobierno necesita todo el poder para seguir practicando el saqueo sistemático de los recursos del país, sin tener que rendir cuentas, sin que nadie les objete la meta de comunizar al país. Cuando es todo lo contrario, tener el poder significa servir al pueblo que te dio ese mandato, para crear una sociedad de derechos y garantías, en el que la libertad sea el signo y no la excepción. Pero ha quedado en evidencia que la cúpula corrupta quiere usar el poder para aplastar la libertad, mientras que los venezolanos esperan afianzarla.

El régimen está en franca desventaja porque no le queda más remedio que ofrecer una versión más concentrada de lo mismo que nos ha vendido y con lo que ha destruido al país. Nicolás Maduro y su camarilla están entrampados entre las mentiras que ya nadie cree y una realidad terrible que se vive en las calles que presenta la zozobra nacional, la ruina social, la hambruna generalizada, la inseguridad y el caos.

Obviamente que en la política todo cuenta. No es lo mismo fortaleza y control, que caos y estampida. No es lo mismo unidad maciza, que porciones trabajando cada uno por su propia cuenta. No estaría de más entonces,  como actores fundamentales de esta diatriba política, revisar la obra del Premio Nobel de la Economía, Thomas Schelling, quien afirma que la victoria no está en el combate, sino en las expectativas de las partes y la posibilidad de la influencia respectiva.

La mayoría de escenarios entre seres humanos son de cooperación y conflicto. Se tiene que entender entonces que todo conflicto debe terminar en un necesario escenario de conversaciones. Sin embargo, el desastre político y económico del país, limita esa agenda de conversaciones a un único punto: un cronograma ordenado de salida del régimen de la forma más rápida posible.

Todos los objetivos planteados como la apertura del canal humanitario, la liberación de los presos políticos y el reconocimiento de la Asamblea Nacional se mantienen, pero dependen de que concretemos el cambio político. Luego de más de cien días de lucha sostenida, y después de haber enterrado a más de cien víctimas de la represión, no es posible otra cosa que el cambio político, la transición hacia la libertad, el gobierno de unidad nacional. Se requiere una nueva forma de encarar al país, su economía y su sociedad.

El pasado domingo 16 de julio el pueblo habló con fuerza, gritó al mundo su descontento con un régimen que lejos de resolver los problemas lo que ha hecho es emporar cada día la vida de los venezolanos, convirtiéndola en un continuo sobrevivir.

El pueblo soberano dejó claro que se opone al fraude constituyente, y la Unidad inició una hoja de ruta para seguir avanzando hacia el cambio que necesita nuestra Venezuela. Esas acciones incluyen el nombramiento de nuevos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia y un pacto de gobernabilidad en la necesaria etapa de transición tras la salida del poder de Nicolás Maduro.

Ese  “Compromiso Unitario para la Gobernabilidad”, denota el hecho de que todos los partidos se han nucleado alrededor de un pacto para la eficiencia y la estabilidad del venidero gobierno de unión y reconstrucción nacional. Reorganizar la casa luego de tantos años de derroche y corrupción sin límite no será tarea fácil, ya que el daño ocasionado a la sociedad, la economía y la política es profundo, y el hambre es solamente una de sus múltiples y devastadas manifestaciones.

Con Maduro no hay futuro y eso está claro, la única manera de salir de esta crisis bien parados es liberarnos de lo que él representa, pero por la vía democrática, electoral, pacífica y constitucional, porque una condición ética del cambio incluye la participación de toda la sociedad en un proyecto nacional inclusivo que construya un futuro compartido, y esa ética es la que nos va a permitir que el cambio que construyamos sea duradero.

Que nadie se de por vencido. Sabemos que este camino no es fácil, pero juntos siempre hemos logrado avanzar. La tiranía siempre será contraria a la libertad y aunque los malos crean que arrancando vidas van asesinar las convicciones, están equivocados, porque las convicciones son imbatibles.

Así como nos enseñó nuestro Libertador de quien mañana se cumplen 234 años de su nacimiento: “la libertad es el único objetivo digno del sacrificio de la vida de los hombres”.

¡Qué Dios bendiga a nuestra Venezuela y nos haga más fuertes para la lucha contra el mal!

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