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La avalancha de posicionamientos contra el régimen madurista de los distintos países del mundo crece con el pasar de los días, sobre todo después del fraude constituyente. La cúpula que se mantiene el poder sufre el repudio internacional y sus acciones inconstitucionales nos están aislando cada vez más, especialmente de países hermanos y vecinos que han sido nuestros aliados históricos.

Lo que pasa a lo interno de nuestra Venezuela no es muy distinto. Usando palabras bonitas en sus discursos pretenden engañar a todo un pueblo que lo que quiere es vivir en tranquilidad. La presidenta de facto del fraude constituyente habla de igualdad, convivencia y tolerancia, y yo me pregunto: ¿qué significan esas palabras para ella cuando fueron asesinados más de 120 personas y miles de venezolanos fueron detenidos y torturados solo por ejercer su legítimo y constitucional derecho a la protesta? ¿cómo se traducen esos valores cuando pretenden meterle miedo a millones de venezolanos a través de la represión para que no salgan a manifestar su descontento?

Paz y Amor. ¿Sabrán realmente lo que significan estas palabras la cúpula madurista?

Lo dudo, porque por Decreto han pretendido “solucionar” los problemas del país. Como por Decreto buscan eliminar el poder más legítimo que tenemos hoy en día en el país, la Asamblea Nacional, electa por más de 14 millones de venezolanos que en 2015 con su voto dijeron que querían un cambio.

Quieren cortarle la cabeza a todos los poderes constituidos que los adversen, para así hacer y deshacer a su antojo sin que nadie pueda ser un obstáculo. Lo han hecho con la Asamblea Nacional, con la Fiscalía General y con todos los gobernadores y alcaldes que le hemos hecho frente a los atropellos de Nicolás Maduro y su camarilla.

Pero los problemas no desaparecen por un Decreto, al igual que la felicidad no se decreta. Esa debería ser una lección ya aprendida.

La escasez de productos de primera necesidad va de mal en peor, en algunos casos la ausencia de rubros es total, como pasa exactamente con las medicinas, lo que ha traído como consecuencia una crisis humanitaria sin precedentes. La canasta básica aumenta a pasos agigantados mes a mes, superando ya los 2 millones de bolívares, mientras el invento del salario integral no llega ni a 300 mil bolívares. Pese a que el gobierno vendió que el fraude constituyente sería la solución al problema del acceso a los alimentos, fue una promesa trasnochada, como todas las que ha hecho desde que llegaron al poder.

Y mientras la crisis se sigue agudizando, el ocupante temporal de la silla de Miraflores no escatima en seguir derrochando los recursos públicos en viajes de “asesoría y placer”. Pero al momento que escribo este artículo, el señor Maduro lleva 5 días en Cuba, nadie sabe nada al respecto porque pretendió que fuera un viaje en secreto y dejó de serlo. Obviamente, para él y los enchufados que lo acompañan no es un problema que estemos en presencia de un proceso hiperinflacionario que amenaza con destruir por completo el ya tan mermado consumo de las familias y de toda la economía en general.

Lo más grave es que el detrimento de la producción aunado a la inflación en los precios, se combina con una crisis de balanza de pagos que claramente compromete el pago de servicio y amortización de la deuda externa para el presente año. Las cuentas externas se han perjudicado desde que los precios del petróleo comenzaron a descender, y por si fuera poco, el gobierno mantiene compromisos petroleros adquiridos con la República de China, los cuales conllevan a la entrega de barriles diarios como parte de pago de deudas bilaterales, pero que restan a la oferta potencial de petróleo venezolano en los mercados internacionales.

El remate de los activos y las facturas petroleras es sólo una muestra de cómo esta dictadura ha permitido que otros países se beneficien en perjuicio de los venezolanos. Producir el petróleo en Venezuela es cada vez más costoso. Algunos expertos atribuyen estos excesivos costos al equivocado manejo de nuestra PDVSA, que en 2005 tenía 60.000 empleados y actualmente cerca de 160.000, que en su mayoría desarrollan labores políticas partidistas que nada tienen que ver con el tema petrolero.

No hay que ser un experto para saber que la prioridad en este momento para nuestro pueblo es la grave crisis económica y social sobre la cual no hay una sola acción por parte del gobierno para solventarla. Que las elecciones regionales no nos distraigan en ello.

La crisis económica y social a la que nos ha conducido la torpeza del gobierno, su falta de sensibilidad hacia los rigores que sufre la población, su insensatez ideológica, han golpeado con especial énfasis a las ciudades y pueblos del interior del país. La Venezuela profunda está devastada ante la indolencia oficial. La insatisfacción con el gobierno es generalizada y las elecciones regionales son una lucha más para anclar el camino hacia la exigencia general de un cambio democrático, pero no olvidemos el objetivo superior: salir de esta pesadilla que significan Maduro y su camarilla.

El cambio que el país requiere tiene que estar profundamente arraigado en las realidades regionales y sus especificidades. De lo contrario, sería un esfuerzo sin raíces, altamente vulnerable, muy débil para tomar las difíciles pero inevitables medidas que se necesitan para enderezar el rumbo hacia la convivencia y la prosperidad que el país se merece.

La clara intención del régimen es dividirnos, porque saben que tenemos la fuerza popular y la capacidad para sacar a nuestra Venezuela de la crisis donde ellos nos metieron. Sabemos que las elecciones regionales son un intento para lavarse la cara frente al mundo, pero le temen a los votos tanto como el Diablo a la cruz, y por eso inhabilitan, apresan y persiguen a los dirigentes democráticos que saben les darían una paliza en sus jurisdicciones.

Aun cuando sabemos de la parcialidad y lo fraudulento del CNE, es un error repetir el escenario de las parlamentarias de 2005, cuando se le dejó el camino abierto al gobierno, y a pesar de una abstención electoral del 75%, el régimen se apoderó de la totalidad de los escaños, lo que le permitió modificar leyes y ejercer autoritarias decisiones que nos condujeron a una destrucción masiva del aparato productivo y nos condenaron a padecer la inflación y la escasez más altas del mundo.

Recordemos además las gobernaciones que se perdieron en el 2012 por la abstención y recordemos la más reciente elección donde ganamos la Asamblea Nacional porque estuvimos organizados para defender cada voto. El voto, al final, depende de cada venezolano y de nuestra capacidad de organización para estar en cada mesa del país y permitir que la inmensa mayoría que hoy somos se exprese. Recordemos que solución perfecta no hay, y que las decisiones deben ir sobre la base de cuál escenario conviene más para lo que queremos todos, que es el cambio definitivo del país.

La razón nos dice que debemos mantenernos unidos en esta lucha para salvar nuestra democracia. No podemos permitir que la división que aúpa el gobierno nos desmovilice y desoriente, porque estamos convencidos que nuestra mayor fuerza es la unión.

Son momentos difíciles, pero la fuerza para seguir adelante está en cada uno de nosotros, y si nos unimos todos los que queremos expresar nuestro descontento, por razones sociales, por razones económicas y en defensa de la democracia, tendremos una fuerza invencible con la que alcanzaremos el cambio tan soñado. Yo sigo creyendo en los venezolanos y en nuestra Venezuela, creo que esta prueba tan difícil terminaremos superándola para que nazca una nueva patria de progreso.

¡Qué Dios bendiga a nuestra Venezuela y nos guíe en este camino de obstáculos!

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