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La pérdida del valor adquisitivo en el país es evidente. Los aumentos salariales decretados por el Presidente son “devorados” por la inflación incluso antes de llegar a las cuentas bancarias de los trabajadores, generando descontento en los ciudadanos que ya no ven al empleo formal como una opción viable para mantenerse.

Las cifras macroeconómicas que arroja la nación son alarmantes. De acuerdo con la Asamblea Nacional, en lo que va de 2017 el alza acumulada de los precios alcanzó la cifra de 825,7% y solo en octubre fue de 45.5%.

Estos datos solo quieren decir una cosa: los costos de los productos son hoy 825 veces superiores de lo que lo fueron a principios de año. Y se estima que para finales de diciembre la diferencia será mil veces mayor con respecto a enero.

Ante este escenario no es de extrañar que el salario mínimo nacional dure poco o nada en manos de los venezolanos, incluso contando en el bolsillo con un nuevo aumento decretado por el presidente Nicolás Maduro.

La medida tomada por el mandatario “para proteger a la clase obrera” del “indiscriminado” auge de los precios es la quinta en su estilo en lo que va de 2017 y ubicó al menor de los ingresos de un trabajador en Bs. 177.507,44, con un bono de alimentación de 279 mil bolívares, para un cálculo integral de Bs. 456.507,55.

Sin embargo, en este trabajo realizado por la redacción de Caraota Investiga solo se tomará en cuenta el valor del salario básico debido a que el llamado cestaticket solo es adquirido por los empleados una vez al mes y en muchos casos no coincide con la quincena, por lo que en adelante se valorará al ingreso diario en Bs. 5.916,91. Además, la cifra casi coincide con la cantidad de dinero que permiten retirar muchas entidades bancarias del país producto de la escasez de efectivo.

¿Qué se hace con esa cantidad en Venezuela?

Para un venezolano de a pie es indispensable utilizar el transporte público para trasladarse por las calles del país. Poco antes del último aumento salarial decretado por el jefe de Estado, los transportistas hicieron lo propio y ubicaron el pasaje mínimo en Bs. 700, lo que deja a un viaje de ida y vuelta en 1.400 bolívares.

Una simple resta deja ver que los Bs. 5.916,91 iniciales se reducen a tan solo 4.516,91 bolívares con la toma de dos autobuses para ir y venir, cantidad que sería suficiente para subir unas seis veces más a un colectivo. Pero si el individuo decide Ingerir su primera comida del día en la calle, la situación sería otra.

Desayunar en las avenidas venezolanas tiene un precio relativamente alto, en comparación al ingreso mínimo por día de un trabajador. Comprar una empanada, un pastelito o un cachito, típicos alimentos mañaneros en las calles del país, puede valer desde tres mil hasta 5.500 bolívares, sin bebida. Si se considera el cálculo anterior, probablemente se elija la opción más “económica” dejando dentro de la billetera tan solo Bs. 1.516,91. Útiles solamente para dos pasajes más y guardar el “sencillo” de 116,91 bolívares para el día siguiente.

¿Qué pasa si se quiere comprar algo más?

En el caso de que un trabajador común desee comer un snack necesitará mucho más dinero. Y es que los Bs. 1.516,91 restantes de la operación anterior son insuficientes ante los costos de las “chucherías” que pueden oscilar entre los 3.500 y 20 mil bolívares en cualquier establecimiento. Aunque siempre queda la opción de no desayunar para poder darse un “lujo”.

Pero si lo que se quiere es almorzar en un local, un ingreso mínimo diario no es suficiente ni siquiera dejando de adquirir los productos anteriores. Esto debido a que los costos pueden variar entre los 15 mil bolívares de una sopa, sin bebida, hasta los más de Bs. 75 mil que puede valer un combo en cualquier cadena de comida rápida, otrora punto de alimentación de muchos venezolanos. Es decir, que para ingerir algunos de estos platillos se requieren de al menos cinco días de trabajo para cubrir el almuerzo de una persona.

¿Cuál es el efecto de esto sobre los trabajadores?

Para el sociólogo y profesor de la Universidad Central de Venezuela (UCV) Amalio Belmonte, esto ha generado que los venezolanos se desmotiven ante la necesidad de tener un empleo formal para poder mantenerse.

“No hay motivación en la manera de que el trabajo contribuye de forma importante para el país, por la poca capacidad de producción que hay en Venezuela y, por otro lado, el salario que recibe un trabajador no es suficiente y es precario para cubrir las necesidades materiales. Por eso ha tendido a disminuir la motivación de los empleados y se ha acentuado el fenómeno del trabajo informal”, explica.
Solo el pasado mes de abril se estimaba que más del 50% de la fuerza activa laboral de la nación se encuentra en el sector informal, de acuerdo con declaraciones del presidente de la central de trabajadores Así Venezuela y único miembro venezolano del Consejo General de la Confederación Sindical Internacional, Carlos Navarro, al diario El Nacional. Hoy la cifra podría ser superior.

Y es que, añade Belmonte, el trabajo formal como valor social perdió todo sentido en una sociedad como la venezolana en donde existe un discurso oficial contra el mérito del esfuerzo de aquellos que han podido elevarse socialmente y se coloca al empresario como alguien malvado, en el que la calidad del empleo bajó porque ya no se percibe que se contribuye con la sociedad y, además, donde hay una brutal inflación que devora casi cualquier salario adquirido.

De allí que la buhonería o el comercio informal incremente de manera desproporcionada en Venezuela, en cuanto las personas buscan la manera de generar ingresos extras que en muchos casos son superiores a lo que adquiere con una semana de su empleo regular.

Este auge en la desmotivación laboral preocupa a los expertos de cara al futuro del país, debido a que “si el trabajo formal está descalificado en la sociedad junto a la formación, la disciplina y la inteligencia se está creando una nación pobre, depauperada y sin futuro donde la gente cree que no hay un mañana mejor que el que está viviendo”, sostiene el experto.

De hecho, añade que esta situación ha provocado que la población más joven piense que va a vivir peor que sus padres porque en términos económicos están “condenados” a ello y el futuro es de “incertidumbre”.

“Esto produce el fenómeno de la descapitalización del recurso humano en Venezuela, en el que los jóvenes se van al exterior en búsqueda de un mejor futuro porque no hay confianza en el país, sin importar si tienen o no una profesión”, puntualiza.

¿…Y sobre la economía?

De acuerdo con el economista Guillermo García, esa migración del trabajo formal al informal afecta tanto al país como al trabajador debido a que, en la gran mayoría de los casos, son muy precarios e inestables los ingresos y quienes lo practican están desprotegidos de seguridad social y beneficios contractuales.

Además, indica, la actividad económica informal no genera impuestos y esto afecta a los ingresos anuales del territorio, considerando que, según el Servicio Nacional Integrado de Administración Aduanera y Tributaria, solo en este 2017 esa entrada sirvió para cubrir el 83% del presupuesto nacional.

Y a todo ello se une el hecho de que también “las empresas se ven perjudicadas al no contar para algunas actividades muy específicas o de especialización del personal adecuado”, resalta García. “Todos pierden”, asevera.

No obstante, mientras no exista una solución palpable para la inflación venezolana es improbable que los problemas que derivan de ellos se solventen. Y nada parece indicar que esto sucederá en un corto plazo.

El economista estima que para finales de año la Canasta Básica Familiar tendrá un costo mínimo de Bs. 8.074.200 ó un máximo de 10.168.242 bolívares. “Las variables resultado de la economía venezolana serán muy malos éste 2017. La inflación podría estar en un rango de 1.035% a 1.200%”, subraya.

Pero no hay que ir muy lejos en el tiempo para sufrir los efectos de los auges en el precio. El economista afirma que el salario mínimo actual solo cubre el 9% de la cesta regular.

“Los aumentos de salario nominales no han tenido ningún beneficio para los trabajadores. La hiperinflación se ha tragado dichos aumentos y desde enero el sueldo real ha caído en 51,5%”, puntualiza. Por ello no extraña que el ingreso diario apenas alcance para cubrir unos cuantos pasajes en autobús o una empanada.

Aún así, incrementar el salario sin detener el auge de los precios no es una solución viable a la crisis porque, subraya García, “los aumentos salariales nominales han contribuido a la caída del empleo formal, el trabajador no ve ningún beneficio y las empresas ya no pueden trasladar los costos al consumidor por la caída del poder de compra del salario por efecto de la coordinación y la devaluación, profundizando la recesión”.

Por lo que propone una dolarización plena de la economía nacional como alternativa para acabar con la inflación y la devaluación. “El salario se recuperaría, su poder de compra al abatirse la inflación y los aumentos salariales comienzan a ser ingresos con incrementos reales y el ahorro y patrimonio se potenciarían”, concluye.

Publicado por Caraota Digital
10/11/2017

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